
No creerías las veces en las que he estado a punto de escupirle la cara a alguien.
¿Tú que harías si de repente llego y te escupo la cara? Claro que me agarras de las greñas y me avientas muy lejos, o mínimo me la mentas hasta que a mi madre le duela la cabeza.
Pero no voy a hacerlo. Ni a ti, ni a ese tipo de personas de las que te voy a contar. Sabes, es muy divertido contarte éstas cosas y a la mañana siguiente contarte mis penas y lamentos. Aprovecho que ésta vez nos reímos de equis persona, y no lloramos por mí.
Puta madre, qué horror. De sólo acordarme me dan ganas de seguir escupiendo.
Ponle tú que andaba en el Centrito, eran unas cuatro, cinco de la tarde. De esas tardes que me escapo de casa y del mundo, y me voy a buscar vida nueva en las calles con cámaras en mano. Solita, ahí me ves caminando entre la gente, gentuza y gentiza. Te juro que me ubicas a kilómetros, con las greñas azules, las blusas cortadas y las faldas floreadas. Click al mercadillo, click al comedor, click al pobrecillo, click al vendedor.
Traía llena de billetitos la cartera. Estaba ahorrando para el regalo de mamá. Pero en un click visualicé sin zoom "café veinticuatro horas". Fuck. I mean, mamá no se quedará sin regalo, al fin y al cabo. Sólo es un cafecito o un helado.
Como sea, entré a un lugar muy mono, con cuadritos colgados y guitarras decoradas, lleno de viejitos y sujetos comunes y corrientes.
Uno de esos sujetos toma una guitarra de la pared y se dispone a hacer ruidos y pretender hacernos creer que toca muy bien.
Clásico, pienso. Sigue "tocando" y en dos minutos se percata que nadie le está prestando atención. Sólo yo, pero muy discreta, si quería que me fijara en lo imbécil que se ve, lo ha logrado.
Se le ocurre abrir la boca. No, por favor, no. El grupo de ancianitos dejan su juego de cartas y voltean hacia el show que éste tipo comienza a armar.
"Creo que es un hippie…" le dice un abuelo al otro, mientras mastica una galleta.
Suelto una risa burlona. De wannabe-hippies viejo, si conozco unos cuantos… unas cuantas, cof, cof. El momento justo para acercarme al muchacho y decirle con tono cavernario: "yo, Maite, tú, farol."
No, no tengo nada contra los hippies. Algunos sí me caen bien, hasta llego a tomarles cierto cariño. El punto es que el güey comenzó a berrear sobre paz, su "Dios" (porque sí, a su nefastez se le sumó el bonus de que era religioso), la sociedad discriminante, sus viajes, y de ahí saltó a "sus viiiaaajeees", su coca, su mota, mientras los ruquitos ponían cara de espanto como pensando "espero mi nieto nunca acabe de esta manera" y hablando de drogas y humitos desviaba la mirada hacia mí.
Ofendidísima digo ¿qué te crees, que somos del mismo tren? Voy a estrellarme una botella en la cara, a ver si así se me quita la cara de junkie que traigo, o crees que traigo. O tal vez te la estrelle a ti, ajá te haría un favor, pendejo.
O debería decir… ¿qué iba a decirte? Ah, olvídalo. Te iba a decir que yo era la única con cara de pocos amigos, brazos cruzados y boca torcida, porque sólo yo no me creía el cuentecito.
¿Sí te imaginas la escena? Todos atentos al güey esperando su próxima marihuanada, que robó, vendió, sufrió, perdió y gracias a sus traumas pudo renacer bajo la energía del sol mientras la Maite se tragaba la carcajada.
No soy mala persona, sólo me gusta divertirme. Y el chico se dio cuenta que me estaba dando la divertida de mi vida.
Terminó su espectáculo, falsísimo por cierto, y se sentó en mi mesa.
"Ajá ¿y tú qué?", le dije. Soltó un gemido como si lo hubiera golpeado y me miró.
"¿Te molesto?", preguntó.
"Para nada."
"¿Qué haces?"
"Aquí, agarrando una taza ¿y tú?"
"Ah… pues aquí como cada día, compartiendo un pequeño relato de mi vida, que si no es tan bella como la vida misma, me esmero porque la paz y la vibra completen mi ser…"
"Pues está muy bien".
"¿Fumas?"
"No, sólo me meto crack".
"Chale!!! No te creo…"
"Yo tampoco creo en ti, querido."
Y sí, le escupí. Mis greñas y mi madre están a salvo.